domingo, 28 de febrero de 2016

INSOMNIO

La luna alteraba la línea recta formada por las farolas de la calle. Le faltaban, desde mi perspectiva, tres dedos para estar completamente alineada. Pensé que sería otra noche de insomnio fumando en la ventana y  dialogando con el silencio. No fue así, por fin mis párpados cedían y caían rendidos. Me tumbé con regocijo sobre las sábanas revueltas y mi cerebro se desconectó. Sentí entre sueños la dulce caricia de la almohada sobre mi rostro. Al principio me relajó su tacto suave y mullido. De repente, noté cómo la suave caricia se había convertido en una fuerza extraña que me imposibilitaba respirar. No podía gritar, mis llamadas de auxilio se ahogaban entre las plumas de la almohada. Alguien oprimía el maldito cojín contra mi cara. Un sonido seco y apagado relajó mis músculos y destrozó mi garganta. El sabor a metal y el olor a pólvora me sumieron, ahora si, en un profundo y definitivo sueño. Las plumas volaban a mi alrededor y caían lentas sobre mi cama. El humo del disparo se desvanecía como las nubes que intentaban ocultar la luna. Antes de que el sueño eterno se apoderase de mí, disparé sin una diana a la que apuntar y  sentí el peso de un cuerpo que se desplomaba sobre mis piernas. Siempre duermo con la pistola bajo la almohada, una precaución necesaria en mi oficio, asesino. No pude evitar mi muerte y sólo conseguí el pasaporte al infierno.
Desperté empapado, el sudor de un mal sueño envolvía mi débil existencia. Cambié de posición sin abrir los ojos, notando la humedad que había transferido a la almohada. Una leve brisa se coló por la ventana y alivió mi sofoco. El cansancio acumulado pudo más que mis imaginaciones y otra vez me sumergí en horribles pesadillas. Siempre acababa muriendo. La ansiedad me despejó totalmente y acabé incorporado en la cama. La rabia e impotencia por no poder conciliar el sueño hizo que accionara el gatillo seis veces contra la oscuridad. Seis cuerpos cayeron entre las sombras de la habitación. Ni me inmuté, sabía que acabaría despertando otra vez.
Por la mañana, mientras me afeitaba, sintonicé las noticias en una vieja radio. El asesinato de seis hombres abría los informativos del día. Llené la bañera con agua fría e intenté relajarme y olvidar mis delirios oníricos. Cerré los ojos y sentí con alivio el frescor del agua que me cubría hasta el cuello. Sumergí mi cabeza entre la espuma del jabón y cuando intenté recuperar el aliento, unas manos me empujaban al fondo de la bañera. La sensación de asfixia fue terrible. Mi cuerpo se revolvía en un intento fallido de emerger y llenar de aire mis pulmones. Mis gritos se perdían entre burbujas de terror. Me incorporé desorientado y llorando en la cama. 
Cientos de ratas inmóviles formaban una desagradable alfombra que cubría por completo el suelo de mi habitación. Parecía una función de teatro donde ellas eran las espectadoras silenciosas y yo el protagonista de una tragedia. En el alfeizar de la ventana unos cuervos disfrutaban de la representación. Emitían leves graznidos que me erizaron el vello. Había desaparecido la luna y una densa bruma cubría por completo la calle. Una de las ratas había conseguido introducirse entre las sábanas y sus afilados dientes se clavaron en uno de los dedos de mi pie izquierdo. El alarido espantó a los cuervos y las ratas se evaporaron sin necesidad de prestidigitación, dejando únicamente unas motas de su alma flotando en el aire. Me hallaba otra vez apoyado en el cabezal de la cama, temblando y con la respiración demasiado agitada. La espiral de irrealidad me estaba matando. Intenté mantenerme despierto, como los últimos días, alejándome de mis angustias nocturnas.
Un buen libro y un café me acompañarían en mi vigilia forzada. Leí sin pestañear treinta páginas de Cosecha Roja, el libro que siempre tengo en la mesita de noche. Revolví el azúcar sin tan siquiera mirar la taza de café y acumulé todo el humo que pude del cigarro que estaba fumando. Un desgarro en mis pulmones provocó un ataque compulsivo de tos.  Carraspeé intentando arrastrar las flemas al exterior y una naúsea interminable convulsionó mi cuerpo. De mi boca surgió una densa masa similar a una hamburguesa cruda recubierta con una placenta y un hedor insoportable. Me desmayé y desperté con el libro de Hammett abierto por la página treinta sobre mi pecho. Estaba al borde de la locura.
El doctor escuchó atentamente el relato de mis alucinaciones y concluyó que no era nada anormal. Los cambios bruscos, en mi caso, el lugar de residencia, podían provocar ciertas alteraciones nerviosas al principio. Aseguró que en unos meses me habría habituado al nuevo lugar y las rutinas diarias me devolverían la placidez por las noches.
Abandoné la consulta algo más tranquilo. La sala estaba en la confluencia de decenas de pasillos que conformaban un laberinto rojizo. Avanzaba despacio observando las salas  que se sucedían a ambos lados del interminable corredor. Hacía mucho calor, demasiado, como si una hoguera infinita rodeara aquel laberinto encarnado. Por uno de los pasillos adyacentes apareció un grupo de personas desnudas, desgreñadas y sucias. Arrastraban los pies, como si la gravedad ejerciera más atracción sobre sus cuerpos. Me miraron durante unos segundos y continuaron su lastimosa procesión. Un hombre con una bata blanca apareció poco después, haciendo anotaciones sobre una libreta. Por un momento levantó la vista y recorrió mi cuerpo con su mirada. Descubrí aterrado que sus ojos desprendían un brillo inusual, sus pupilas enrojecían desprendiendo una luz potente que atravesaba mi cuerpo. Cuatro personas más aparecieron por otro de los corredores y dejó de prestarme atención. Igual que los anteriores, sus cuerpos sucios y desnudos se movían con lentitud. En poco tiempo aquel laberinto se fue llenando de gente sin ropa y mugrienta. Un fuerte olor a descomposición me provocó un vómito que no pude reprimir. Esperaba despertar de un momento a otro, pero no fue así. El doctor que amablemente me había atendido minutos antes posó su mano sobre mi hombro y con ojos enrojecidos me dijo:
-Poco a poco. En unos meses tus pesadillas habrán desaparecido y la rutina que contemplas te permitirá conciliar un plácido sueño junto al resto de condenados.
Esbozó una ligera sonrisa y me miró con piedad. Sólo fue un truco. Enseguida una enorme carcajada que mostraba sus afilados dientes retumbó dentro del laberinto infernal en el que ardería eternamente.