lunes, 29 de febrero de 2016

LA FRONTERA

Estaba desorientado. A mi alrededor no había nada, absolutamente nada.  Una inmensa y silenciosa extensión de color blanco sin delimitar, como una enorme pista de patinaje sin el sonido del crujir del hielo bajo las cuchillas deslizándose. Solo oía los latidos de mi corazón cada vez más acelerados, como mi respiración, que asemejaba una vieja caldera antes de estropearse, emitiendo sus últimos estertores. No tenía sensación de frío o calor. Tampoco percibía olores que pudieran remitirme a algún lugar conocido.  Era una sensación extraña aunque no desagradable.  Intenté gritar un socorro o un auxilio pero, a pesar de la vibración de mis cuerdas vocales, era incapaz de emitir sonido alguno. Quizás me había quedado sordo y no oía mi voz. O ciego, como en el libro de Saramago en que una plaga inédita ocasiona una repentina ceguera blanca. Un vacío blanco me envolvía y no tenía el hilo de Teseo para encontrar la salida.

domingo, 28 de febrero de 2016

INSOMNIO

La luna alteraba la línea recta formada por las farolas de la calle. Le faltaban, desde mi perspectiva, tres dedos para estar completamente alineada. Pensé que sería otra noche de insomnio fumando en la ventana y  dialogando con el silencio. No fue así, por fin mis párpados cedían y caían rendidos. Me tumbé con regocijo sobre las sábanas revueltas y mi cerebro se desconectó. Sentí entre sueños la dulce caricia de la almohada sobre mi rostro. Al principio me relajó su tacto suave y mullido. De repente, noté cómo la suave caricia se había convertido en una fuerza extraña que me imposibilitaba respirar. No podía gritar, mis llamadas de auxilio se ahogaban entre las plumas de la almohada. Alguien oprimía el maldito cojín contra mi cara. Un sonido seco y apagado relajó mis músculos y destrozó mi garganta. El sabor a metal y el olor a pólvora me sumieron, ahora si, en un profundo y definitivo sueño. Las plumas volaban a mi alrededor y caían lentas sobre mi cama. El humo del disparo se desvanecía como las nubes que intentaban ocultar la luna. Antes de que el sueño eterno se apoderase de mí, disparé sin una diana a la que apuntar y  sentí el peso de un cuerpo que se desplomaba sobre mis piernas. Siempre duermo con la pistola bajo la almohada, una precaución necesaria en mi oficio, asesino. No pude evitar mi muerte y sólo conseguí el pasaporte al infierno.