miércoles, 15 de febrero de 2017

LA POESÍA Y EL AMOR



Conocí a Olga en un curso de poesía, entre versos alejandrinos y rimas asonantes. Nuestro maestro tenía una capacidad increíble para rimar los sentimientos más bellos y provocar la admiración de las féminas que asistían al curso. Reconozco su maestría e incluso, a mi pesar, la congoja que nos invadía cuando su voz firme y grave recitaba sus hermosas letras. Yo era más del realismo sucio con rima libre y pretensiones de profundidad filosófica. Mi vida anodina y vulgar, mis escarceos con prostitutas, mis charlas con borrachos como yo y mis escasos dotes como escritor o poeta, daban para poco más que cuatro versos de nula trascendencia y discutible valor estético.

Olga se quedaba prendada del poeta romántico con voz de locutor. Yo me colgaba de sus cómplices miradas y maldecía mi patética presencia y mi voz desgarrada, que convertía mis palabras en arañazos temblorosos y ridículos. La gente acogía mis versos con un silencio respetuoso y, él, el profesor romántico de voz profunda, me corregía y ridiculizaba ante mis compañeros de curso:
En el mercado de la vida
tu cuerpo desnudo
 y mi alma podrida
son monedas de cambio
tu cuerpo y el sida
mi alma y la vida
Finalicé con un carraspeo y miré a Olga, sentada dos sillas más adelante. Ella únicamente tenía ojos y oídos para el profesor, que en una muestra de rapero rimador, me contestó con otra poesía, aunque improvisada, mejor acogida que la mía:
Ni la métrica, ni la estética, amigo
Y es lo que siempre digo
si  rimar es la cuestión
deberías poner atención
que una puta o una querida
pueden tener o no el sida
pero tu dudosa vocación
de poeta maldito o santo varón
tienen el mismo recorrido
que un cantautor aburrido
de su lineal melodía
y su aparente rebeldía.
La clase entera arrancó en aplausos ensalzando la figura del  maestro y provocando mi humillación y vergüenza. Probablemente no buscaban empequeñecerme, simplemente adular a su admirado poeta de armoniosa voz.
Cada día mis sentimientos hacia Olga eran más profundos. Me encandilaba su apariencia virginal y su elegante forma de caminar, su rostro dulce como su sonrisa, sus gestos vergonzosos, como cuando hablaba con la carpeta abrazada cubriendo sus senos y bajaba la cabeza tímida, incapaz de aguantar mi mirada. Pensé que podría tener una oportunidad pero cada vez que me acercaba más a ella, más cuenta me daba de lo lejos que estaba de mí. Su pasión era el maldito profesor de voz edulcorada.
Mi pinta de marginado que intenta integrarse en una sociedad que no permite la integración, contrastaba con su presencia impecable. Si un rayo de sol se hubiera filtrado por la ventana y hubiera iluminado su rostro, creando esos halos luminosos que dotan de cierta magia a quien se interpone en su trayecto, creería que la misma Virgen María asistía a nuestra clase de poesía. Por suerte,  las clases eran nocturnas y la ilusión del milagro mariano era imposible.
A medida que avanzaba el curso, noté como el profesor de repelente voz se aproximaba a Olga en la misma medida que ella se alejaba de mí. Cuando finalizaban la clase, siempre se quedaban para comentar sus trabajos y probablemente luego irían a cenar o Dios sabe qué.  
Una noche, tras echar un polvo con Melania, una amiga prostituta que a veces no me cobraba por sus favores, fumaba  encajado en el estrecho balcón que daba al puerto. La pensión y la habitación eran terribles, pero las vistas eran fantásticas. Apuraba mi cigarro intentando encontrar poesía en las virutas de humo que enturbiaban mi visión de la luna equilibrista sobre un cable eléctrico y se reflejaba coqueta en las aguas calmadas del puerto, en el olor a pescado y orines, en las putas de la esquina, en los rateros habilidosos y en las sombras escondidas entre los porches. Tenía material pero me faltaba aptitud. Quizás debería ir un día al campo a contemplar el amanecer y olvidarme de la deprimente realidad que me rodeaba. Melania me abrazó. Noté su cuerpo desnudo rozando mi espalda. Imaginé que fuera Olga quien me acariciaba, cerré los ojos y la empujé hacia la cama. Follamos con dulzura, lentamente. Busqué su placer y no el mío. Sentí sus uñas clavadas en mi espalda, intentando aferrarse a mí. A mí y a mi vida de mierda. Pensé que cada uno tiene lo que se merece, probablemente el profesor de voz penetrante  era el regalo que Olga ansiaba, el encaje perfecto. Yo soy poco de encajar y mi realidad es tan turbia como mi mente. Melania encaja con todos, sobre todo si pagan. Por eso le agradecí una vez más su generosidad conmigo.
Melania se relajó, entrecerró los ojos y se acurrucó junto a mí, intentando adaptarse a mi posición fetal. Yo seguí imaginando a Olga, susurrándome versos de Machado o de Bukowski  y me volví para verla. Melania me sonrió y me dio un beso en la frente.
En una de las terrazas de los diversos restaurantes que hay frente a la pensión, una pareja brindaba por el amor y la poesía. Un profesor y su alumna. Él, de clara voz, ella con destellos luminosos, rompiendo la oscuridad.
En la miserable habitación de la pensión, las sombras de un hombre y una mujer abrazados, él de voz arrugada y áspera, ella con señales de mala vida. Un vino barato sirvió para brindar por la poesía y el amor. Poesía barata, como el vino, y amor con condón, sin pasión y con factura.