viernes, 31 de mayo de 2019

VÍNCULOS



En mi habitación tengo un televisor y un espejo. También un ordenador y una ventana desde la que veo el campanario. Un magnetófono y una radio. Una guitarra y muchos libros.  Sin orden, y esparcidos por el resto de la vivienda, cientos de objetos que no utilizo y ropa que dicen pasó de moda, como yo, que también estoy en desuso. Por supuesto no me faltan electrodomésticos ni agua corriente o electricidad. Acumulo latas de comida a medio acabar y el suelo está repleto de colillas, ceniza y botellas vacías. Dos de las habitaciones son prácticamente inaccesibles: montañas de recuerdos míos y de desconocidos, figuras de porcelana, cuadros, aparatos rotos y  sin romper, muñecos, zapatos, colchones en vertical porque en horizontal ya no caben, muebles sin valor... Un verdadero mercado de bajo coste.  Mis mascotas son espontáneas y nunca sé cuántas tengo: cucarachas que salen de las grietas por la noche y se esconden durante el día.

Únicamente la habitación de mis padres y la mía permanecen intactas. La de ellos con la cama y las mesillas de noche impolutas.  Imagino que no les hace gracia ver su piso atiborrado y como buen hijo, acepto su silente petición y mantengo ajeno a mis obsesiones su dormitorio.

Me gusta asomarme a la ventana  a las horas en punto y escuchar las campanadas. Veinticuatro veces cada día, ciento cincuenta y seis tañidos registrados en algún magnetófono como el mío, porque las campanas no se mueven. Sí lo hacen las gaviotas y las palomas que escapan del tejado del campanario volando espasmódicamente sobre la calle mayor, buscando alguna repisa donde reposar su agitado corazón.

A mí también me gustaría volar y no regresar jamás. Cruzar la calle mayor y la menor y ver los tejados alejarse, y el campo o el mar. Pero estoy encadenado a esta ciudad, a esta habitación. Condenado a la suciedad que fabrico y que se acumula a mi alrededor. Alguna vez me he quedado dormido sobre las inmundicias que yo mismo fabrico, acompañado de mis mascotas que, cada noche, cuando suenan las diez o las once, completan una orgía gastronómica con mi basura.

Las pocas veces que salgo a la calle sufro de terribles mareos, taquicardias y ansiedad. Se me nubla la vista y se me seca la boca. Compro comida suficiente para un mes y recojo con fatiga y angustia objetos inservibles que paradójicamente  sirven para calmar mis trastornos.

Vivo únicamente con mis padres que se han adaptado  a mis obsesiones igual que yo acepto su mutismo. En cambio, mis vecinos se quejan del hedor que invade la comunidad y siempre nos increpan e insultan a escondidas. Calman su rabia e impotencia con  gritos e improperios que se quedan flotando en el descansillo de la escalera. No recibimos apenas visitas. En los dos últimos meses, únicamente una pareja de la guardia urbana se ha atrevido a pulsar el timbre para mostrarme un requerimiento municipal. Abrí la puerta y les invité a pasar. El más joven, superado por el fuerte y desagradable olor, vomitó sobre el felpudo de la entrada. El otro me tendió la denuncia en la que había estampada la firma de todos mis vecinos y me dijo con voz autoritaria que tenía un breve plazo para vaciar el piso y eliminar el insoportable olor y las inmundicias que ponían en riesgo la salud de la comunidad.

– Si quiere usted vivir con toda esa basura debería vivir aislado. Le recomiendo que acuda a su médico y permita que el ayuntamiento se encargue de la limpieza de la vivienda.

No respondí, simplemente asentí con la cabeza para zanjar su monólogo y ganar tiempo para desvincularme de mis recuerdos. Cerré la puerta con suavidad dejando entrever mi aceptación y sumisión a su mandato.

– No lo olvide, antes de una semana volveremos por aquí para asegurarnos que acata las órdenes y empieza a vivir como las personas decentes.

Me dolieron sus últimas palabras. ¿Acaso no era yo decente? ¿Cuántos de mis vecinos se podían considerar mejores que yo o llevaban una vida más decente? ¿Era más decente el señor del quinto que acumulaba una gran fortuna con la que jamás podría tener  ningún vínculo o cariño, más allá de lo que la imaginación le permitiera hacer con ella?, ¿o la señora del tercero que estaba liada con el del segundo, ese que maltrataba a su mujer y sonreía con sus  ¡buenos días o noches! mostrando sus encías enrojecidas? De todos podría reprochar su falta de sentido en la convivencia. La hipocresía hace que los gestos de amabilidad se pierdan en cuanto cierran la puerta y se comportan realmente como son.

Los vínculos afectivos por mis objetos no me convierten en un indecente. ¿Es en todo caso más humano el que entierra a sus seres queridos olvidándolos en un cementerio al que tan solo acude una vez al año a depositar flores y tranquilizar su conciencia?
Yo cada día hablo con mis pobres padres, les explico mis vivencias, escasas debido a mi reclusión, mis inquietudes o anhelos. Siempre son largos monólogos ininterrumpidos, sin quejas ni reproches por su parte. Me gustaría que fuera un diálogo,incluso sentir su desaprobación en algunos temas, pero desde hace años se limitan a permanecer tumbados en su cama y hacer como que escuchan mis interminables lamentos, sin inmutarse, con la mirada perdida y ajenos a mi voz y al tañir de las campanas.



domingo, 31 de marzo de 2019

WHATSAPP




He llegado a la edad en que los recuerdos pesan más que el propio cuerpo y el futuro es tan sólo un tiempo verbal. Perdí mi agilidad hace tiempo y ahora arrastro mi sombra con ayuda de un bastón y un brazo amigo. Mi cabeza sigue lúcida y mi vista casi intacta. El médico dice que el corazón me late a un ritmo constante, sin sobresaltos.
La felicidad la encuentro en la quietud de fotos amarilleadas, mientras la vida discurre sembrando achaques y nostalgias. Los días son rutinas grises cubiertos de una pátina opaca, sin rendijas para que se cuele la ilusión. La televisión o algún libro, cuando tengo fuerza y ganas, se ocupan de distraer mis preocupaciones y aligerar los días. Tan solo la visita de mis hijos y nietos, los fines de semana, alumbran tímidamente la oscuridad.
Tengo la sensación de vivir en una pequeña sala de espera atendida por funcionarios celestiales. Imagino a unos querubines rascándose entre las nalgas o aleteando entre cientos de folios sin importarles mi desazón. Sentado en una incómoda silla, escondo un papelito que indica el turno, arrugado y apretado entre mi mano y el cayado. Rezo silenciosamente para no ser el siguiente, para que el número que se ilumine en la pantalla no coincida con el mío.
Hace dos días, la muerte me envío un Whatsapp felicitándome el cumpleaños con divertidos emoticonos de guadañas que guiñaban un ojo. No había más texto, simplemente la felicitación. No sé utilizar las nuevas tecnologías, la chica que comparte mi vida durante el día fue la que, sorprendida por el remitente, me mostró el mensaje.
Ese mismo día tenía una comida con mis hijos para celebrar mi aniversario. Les comenté la broma de mal gusto que había recibido y no le dieron demasiada importancia. Ellos todavía no ven el precipicio, el vacío, la negrura que a cierta edad empieza a teñir los días. Intentaron averiguar el teléfono de quien lo enviaba, saber quién era el remitente. Imposible, no había opción, tras un número oculto se debía esconder un bromista con poca gracia. Aprovecharon la circunstancia para explicarme cómo se utiliza la maldita aplicación. Reímos sobre la pintoresca imagen de un anciano con boina y bastón enviando textos y estúpidas caritas.
A mis años eres consciente, aunque intentes olvidarlo, de la cercanía de la muerte. Hay días en que asumes tu finitud e, incluso, tienes ganas de dormir y no despertar, sin dolor, quizá lo que más me aterra es el sufrimiento.  El mensaje de la muerte me acercó más al horizonte que hace tiempo acaricio. Mi religiosidad se ha multiplicado exponencialmente y no hay día en que no rece tres o cuatro veces. La comunicación con Dios es fluida pero unidireccional. Desearía respuestas, no tan solo larguísimos monólogos de expiación.
La soledad me atemoriza tanto como la muerte. Las noches, cuando mi cuidadora me deja acostado y me da un beso sin sentimiento, son un suplicio. Pensamientos grises y recuerdos desfigurados me torturan durante horas.  Llevo varias noches en que el mensaje de felicitación se pasea entre mis pesadillas. Cuento guadañas en vez de ovejas. Me levanto varias veces, algunas para orinar, otras para beber, por dolor y, a veces, simplemente por la imposibilidad de conciliar el sueño.
Ahora sé que el remitente no es un bromista, es la propia muerte que ha querido avisarme de su llegada. Ayer sentí el abrazo de una soledad profunda, quizá una premonición de la soledad futura, de huesos, de los restos de un alma aventada entre los escombros del día.
Hubiera deseado despedirme, besar a mis hijos y nietos, pero a pesar del aviso de la dama de negro nunca hay una certeza del final. Esta noche la he visto paseándose alrededor de la habitación, silenciosa y con cierta elegancia. Ha asomado tímidamente la cabeza y creo que me ha guiñado un ojo, como los emoticonos de su mensaje.  He apretado la medalla que llevo colgada para avisar en caso de urgencia. También he intentado llamar a mis hijos, pero no he tenido fuerzas para marcar el número.
Ahora oigo la sirena de la  ambulancia, quizá demasiado tarde. Hay un cierto bullicio en la habitación, gente que entra y sale .Escucho la voz de mis hijos distorsionada. La oscuridad reina por fin y el silencio absoluto me desconecta de los llantos inconsolables de mis queridos hijos.
Recobro la consciencia. Ha desaparecido la oscuridad. Una agradable luz ilumina una infinita llanura blanca, aséptica, un vacío tridimensional. No hay horizonte, ni nubes, ni caminos o carreteras, ni flores o árboles. No hay nada. Me siento como un insecto extraviado en un enorme bidón de espuma.
Voy vestido con el traje de los domingos, con boina y el bastón que apoyo sobre la blanca ingravidez que me rodea .Permanezco inmmóvil buscando una sombra que certifique mi existencia.
Un pitido insistente y la vibración exagerada del móvil que guardo en el bolsillo me avisan de la recepción de un mensaje. Con la parsimonia de un anciano torpe y desorientado, abro el dichoso mensaje:
“Bienvenido al paraíso”


jueves, 28 de febrero de 2019

GRAN RESERVA






En la cama, nuestras espaldas estaban separadas por apenas diez o doce centímetros,  la palma de un niño, aunque en realidad era una herida abismal que permanecía abierta supurando rencores y odios añejos. Como el buen vino, mi resentimiento fue ganando cuerpo y solera en una barrica de piel y huesos artríticos. Creí que había llegado el momento del descorche.

Un buen Rioja regaba el silencio de la cena. Excitante, con cierto aroma a cítricos y un punto de dulzura; casi se podía masticar, elegante, con cierto toque torrefacto.
       
Nuestras palabras fueron monosilábicas y el tiempo que transcurría entre cada una se podía medir en minutos. Las miradas las cruzábamos por azar y una sonrisa fingida mitigaba el dolor de dos soledades compartiendo mantel.

Don Cristóbal me había prometido algo más que el papel de amante clandestino. Al principio acepté resignado ser su chófer, secretario, camarero o el chapero que le practicaba  felaciones por las noches   en las que se ausentaba de su domicilio. Llevábamos  demasiado  tiempo y jamás  pude conseguir ni un pellizco más de afecto. Aunque hubiera  jurado que me quería, sabía que sus palabras eran sonidos vacíos, ecos de un amor que hacía tiempo languidecía.  Había notado cómo mi presencia le incomodaba y seguía  escondiéndome,  ocultando a  la  vez su  homosexualidad. Ya no  éramos los jóvenes que se prometían el cielo o la luna. Habíamos perdido el aroma de la juventud, de la aventura y  la  ilusión,  pero    habíamos  ganado  bouquet y  sabiduría que él regalaba  a  los  chavales  que  le rondaban y llenaban sus bocas de dientes resplandecientes con su pene medio erecto.

Cuando murió su mujer pensé que sería el momento en que se sinceraría al mundo y yo podría ocupar el papel protagonista que venía desempeñando en clandestinidad. Ella conocía nuestra relación pero interiorizó el dolor y prefirió vivir acomodada y engañada, masturbándose con su dinero. No quería ser como ella, no quería que el jovencito que le acompañaba cada vez con más frecuencia ocupara mi lugar. Mi amor y devoción se habían convertido en desprecio y resignación. Creía no tener el valor suficiente para dejarle, pero desde hacía unos meses todo había cambiado. Las humillaciones,  traiciones y desplantes habían despertado un nuevo sentimiento en mi interior: odio.

El notario que guardaba el  testamento era el único que conocía nuestra relación. Para los demás siempre fuí el mejor amigo de don Cristóbal, el que siempre estaba a su lado en los momentos difíciles. Pero no me conformaba, se lo había dicho tantas veces…Él prefiería aparentar ser el galán canoso que es admirado y bendecido por las señoras con las que acudía al teatro,o a esas cenas pomposas en las que tanto le gustaba exhibirse y ser admirado. Enamorar con su oratoria y pavonearse con muchachas que babeaban ante su mirada azul o ante el pelo plateado despeinado con elegancia al viento en el descapotable. Ellas ignoraban que él  prefiería a los chavales con bigote y camiseta sudada.

Había llegado el momento de decirle al mundo quién era en realidad.  Con unos golpecitos en la copa intenté llamar la atención de los comensales de las otras mesas. Insistí en el tintinear de la cuchara contra el cristal y poco a poco atraje las miradas y el silencio de los que nos rodeaban.

– Por favor, requiero un minuto de vuestra atención, mi compañero, el señor Cristóbal, tiene que comunicaros algo importante–

Me miró con reproche. Yo acerqué mis labios a su cara y le susurré:

–Ha llegado el momento. Están todos, cuéntales nuestra relación o no me volverás a ver jamás–

–Eres un hijo de puta– me dijo en voz baja.

Se puso en pie y aclaró su voz con un carraspeo nervioso. Cogió la copa y bebió un sorbito de vino.

–Queridos amigos y amigas, creo que ha llegado la hora de hacer público algo que llevo ocultando durante los últimos años.  No quise decirlo antes por no preocupar a los que me tenéis aprecio y por no dar una alegría a los que no me lo tenéis.  Hace cinco años me detectaron un tumor que, lejos de desaparecer, se ha ido extendiendo hasta tal extremo que los médicos me han dado un par de meses de vida. Me muero, sí, y aquí me tenéis brindando con vosotros y con este excelente e inseparable amigo. ¡Salud!

La sala se quedó estupefacta y tras un breve silencio rompió en aplausos. Yo no entendí si celebraban que se muriera o era una muestra de ánimo y cariño.  Por supuesto me sumé a los espontáneos aplausos y dejé que una lágrima resbalara por mi mejilla y cayera sobre la copa de vino, fundiéndose entre los aromas afrutados  y dulces de aquel maravilloso caldo.

Me guiñó un ojo. Entendí que jamás sería la persona que compartiría plenamente su vida, seguiría siendo su criado y el hombro en el que derramaría sus tristezas.

Don Cristóbal murió a los dos meses, por supuesto no fue un cáncer el que se lo llevó, un extraño tóxico con cierto aroma afrutado y dulce había estado recorriendo su sangre los últimos  sesenta días.

Me encanta pasearme con el descapotable y aunque debido a mi calvicie no pueda dejar que mis canas vuelen al viento, no me faltan muchachos que se arrimen y encuentren al viejo que soy como un seductor, un gran reserva


sábado, 26 de enero de 2019

BODA Y NARCOLEPSIA





El padre Andrés finalizaba la homilía y se disponía a celebrar el sagrado sacramento del matrimonio. Los asistentes permanecían en silencio, deseando que llegara el momento de dar los votos matrimoniales. Muchos, entre ellos yo, teníamos la mente deambulando por lugares bastante alejados de la casa de Dios. El problema es que yo era el novio.

Mientras las palabras del cura se perdían con la clásica reverberación eclesiástica entre santos, vírgenes y velas, yo aprovechaba el momento de estar sentado para descansar de mi tremenda resaca. Me giré hacia el lado izquierdo para ver el sector donde se encontraban mis invitados, notablemente inferior en número al de mi prometida. Obvié la familia directa con una rápida y postiza sonrisa y  mi vista se posó en el último banco. ¡Menudo panorama! tras mis tías solteronas, Joaquín, Juan Carlos y Jorge, mis amigotes. Los tres dormían la borrachera de la víspera con ronquidos educados, procurando no molestar a los demás asistentes. También eché un vistazo rápido a los convidados de Eva: una colección de rostros uniformados con el mismo rictus de complacencia contenida.  El semblante disgustado de su padre desentonaba entre tanta fingida benevolencia.  Giré bruscamente la cabeza hacia el presbiterio tratando de evitar un duelo de miradas. Seguí embobado, oyendo de fondo las antífonas desafinadas que canturreaban los concurrentes dirigidas por el padre Andrés.

viernes, 8 de junio de 2018

DERROTADO




Habían pasado dos años desde que Esther salió de nuestro apartamento sin intención de volver. Fueron tantos años juntos, que no recuerdo si el alcohol llegó cuando ella se fue, o se fue cuando llegó el alcohol. Estaba tan borracho que resulta imposible acordarme.

El poso de su ausencia era muy denso y la soledad nunca fue una buena compañía. Cerveza, vino, ginebra, whisky y yo: una pandilla inseparable. Mi vida se había convertido en una resaca permanente. Ya no recurría a calmantes ni a ansiolíticos, el alcohol era mi medicina. Un círculo que había cambiado los trescientos sesenta grados por cuarenta, justo los que necesitaba para sobrevivir a mi profunda melancolía.

La noticia de su boda me llegó por Whatsapp, escueta, mientras jugaba una partida de billar en un tugurio del barrio. Intuí su desprecio silencioso.

miércoles, 31 de enero de 2018

ALAS DE MARIPOSA







Me dormí leyendo a Kafka y desperté convertido en mariposa. No tuve estado de crisálida, a pesar de que algunos amigos me consideraban un capullo. De la noche a la mañana mi cuerpo sufrió un cambio espantoso. Me asusté pensando que mi vida se tornaría una pesadilla similar a la de Gregorio, marginado y despreciado por los que supuestamente me quieren.
Mi cuerpo tenía aproximadamente el mismo tamaño que antes de sufrir tan espantosa mutación, aunque ahora era oscuro y repugnante. Una especie de trompa enrollada ejercía las funciones de boca y unas prominentes antenas, aún torpes, se enredaban entre sí. De mi espalda surgían unas bellas y enormes alas azules con varios círculos rojos contorneados en negro, como si hubieran estampado un lienzo de Miró sobre ellas. A pesar de la belleza aparente, no dejaba de ser un horrible insecto.
Intenté incorporarme e, instintivamente, agité las alas sin una orden previa de mi cerebro. Mi cuerpo se alzó tres palmos de la cama y me dirigí hacia la ventana. Lo que supuse era mi lengua se desplegó sobre una de las flores que lucían en el alféizar. Libé su preciado néctar pero apenas llenó el vacío de mi estómago. Alguna vez había sentido mariposas en el estómago, ahora sentía el estómago de una mariposa.
Una vez aprendí a controlar el movimiento de las alas y con más dificultades de las que pude imaginar, conseguí asomar todo mi cuerpo al exterior y lanzarme a la calle.
Era temprano y no había gente. Con movimientos indecisos y volando en zig-zag, aterricé con cierta brusquedad sobre el jardín del edificio vecino. Me posé sobre las hermosas flores que aún estaban húmedas por el rocío matutino, destrozando con mi peso la mayoría de ellas. Era una enorme mancha azul agitándose sobre el verde césped de mis vecinos.
Oí el ladrido de un perro que asomaba el hocico entre las rejas de un balcón y levanté el vuelo en busca de algo que saciara mi hambre lejos de aquel can delator. Pensé en acudir a casa de mis padres ¡Ellos si que sabían prepararme un buen desayuno! No reflexioné en que mi apariencia les asustaría y que tras tantos meses sin relación aquella visita sería, cuando menos ,incómoda. Dirigí mi torpe vuelo hacia su casa. Las puertas del balcón estaban abiertas y tras algún golpe con el cristal pude entrar al comedor. El olor a café recién hecho y tostadas provocaron el gruñido de mis tripas. Mi madre salió de la cocina alertada por el ruido y me sonrió. Se lanzó con los brazos abiertos y me plantó un sonoro beso junto a mi antena derecha. No vaciló, supo que era yo y no hizo mención alguna a mi terrible aspecto, ni tan siquiera al olvido en el que los había enterrado. Las madres deben tener un sexto sentido para reconocer a sus hijos ya que era harto difícil adivinar que aquel inmenso lepidóptero era su hijo, y más tras tanto tiempo sin saber de mí.
Me sirvió una taza de café y dejó un plato con tostadas untadas con aceite. Ella hablaba atropelladamente, sin esperar respuesta. Me hubiera gustado poder contestarle, poder excusar mi inexcusable comportamiento, pedir perdón por este tiempo en que mi orgullo ahogó cualquier atisbo de arrepentimiento, pero cada vez que quería hablar lo único que conseguía era un aleteo nervioso, una mala conexión de mis neuronas, pensé.
No pude probar ni el café ni el pan y mi madre entendió que mi dieta había cambiado. Trajo todas las macetas que pudo y las puso sobre la mesa. Me dio cierto pudor desenrollar mi trompa sobre aquellas flores de las que se sentía tan orgullosa, aunque el hambre no dejaba otra opción. Absorbí todo el néctar que pude y me marché dejando a mi madre con lágrimas en los ojos y los brazos abiertos, intentando acariciar a su volátil hijo.
Jamás cerró los brazos, ni incluso tras el golpe que propiné a mi padre en una discusión absurda. Siempre me había sentido superior a ellos, aún recuerdo aquel día estúpido en que mi vanidad y estupidez pudieron más que el amor que debería haber sentido hacia ellos. Ella aparcó el dolor y me llamó cientos de veces. Mi padre, aunque lo deseaba con toda su alma, nunca más me dirigió la palabra.
Me alegró que no estuviera por no volverlo a decepcionar. Con él siempre intentaba ofrecer mi mejor versión para colmar las grandes expectativas que había depositado en mí.  Recuerdo cuando se desplomó sobre el sofá con los ojos cerrados y la boca abierta,como gritando una a eterna, pero sin decir ni una palabra. Simplemente le había comunicado que mi nueva pareja era un abogado criminalista. ¿Una abogado? preguntó él, creyendo que había escuchado mal mi afirmación. Un abogado,me reafirmé: un chico que conocí en la universidad. Sus ilusiones se vieron truncadas en un segundo. La depresión le duró meses en los que jamás oímos su voz. ¿Cómo iba a sentirse cuando viera que su hijo era un enorme insecto? Sé que con el tiempo aceptó mi condición sexual, sé que nunca dejó de quererme, pero ¿y ahora?, aceptaría esta terrible mutación.
Mientras abandonaba el que fue mi hogar, cientos de recuerdos enredados se solapaban en mi cabeza de alfiler sin una lógica aparente: mi hermana de adulta llorando porque no quería comerse la verdura; yo, con menos de diez años, trajeado y conduciendo mi antiguo seat ibiza; mi padre acunándome entre sus brazos, siendo mi cuerpo más grande que el suyo; mi madre peinando a mi hermana ante la atónita mirada de su marido; mi puño infantil  golpeando el rostro de mi padre. Esa imagen persistió durante algún minuto: la cara desencajada de un viejo derrotado por la vida.
Sobrevolar la ciudad siendo dueño del trayecto era una experiencia maravillosa. Me olvidé de mi metamorfosis y disfruté de la vista, de la nueva perspectiva que me ofrecía la ciudad. Siempre había sufrido de pánico a volar en avión, en cambio, ahora, el dulce aleteo me proporcionaba un bienestar hasta entonces desconocido.
A medida que me aproximaba a mi piso, comencé a ver a gente conocida. Observé como uno de ellos me apuntaba con su dedo índice, incluso me pareció escuchar que gritaba mi nombre. No me podía creer que alguien adivinara que el bicho gigante con alas de pinturas abstractas fuera yo. Entendí, no sin cierta sorpresa, que mi madre sintiera algún movimiento en sus entrañas y reconociera a su hijo pródigo, pero que me identificara un vecino con el que únicamente intercambiaba algún saludo cortés
me dejó perplejo.
Entré, tras varios intentos, por la ventana de mi habitación y me posé sobre la cama. En el espejo me contemplé con horror. Si entornaba los ojos y desenfocaba la imagen de aquel vidrio mentiroso, podía ver una bella mariposa. Cuando los abría totalmente y observaba detenidamente mi cuerpo, veía lo que era en realidad: un descomunal insecto que aleteaba sin gracia unas hermosas alas.
Quizás toda mi vida había sido un insecto camuflado tras superfluos adornos. Quizás, por eso me reconoció el vecino, y mi madre, y cualquiera que me viera, porque realmente no había cambiado, seguía siendo un espantoso ser que intentaba deslumbrar con bellos afeites.
Intenté arrancarme las alas golpeándome contra la pared. El dolor era terrible, pero quería quedar desnudo y mostrarme cómo era en realidad. Pequeños trozos azules volaban por la habitación y se esparcían sobre el suelo formando una pequeña alfombra deslumbrante. Mi cuerpo quedó despojado de sus alas. Un cuerpo anoréxico apenas sostenido por fínisimas patas. Lloré, no sé si derramé lágrimas, pero sentí el crujir de mi corazón y el desgarro de mis entrañas. Me ví morir en el espejo, lentamente, sucumbiendo al terrible sueño que me venció.

martes, 26 de diciembre de 2017

SOLEDAD





Arranqué la hoja de noviembre, sin duda la que más placeres me había proporcionado durante este año: la fotografía de un bombero con el torso desnudo , ataviado con un casco de gladiador y una campestra. Me excitaba esa fotografía, su mirada lasciva que traspasaba el papel y provocaba que mi cuerpo alcanzara décimas de fiebre.

Me dejé caer en la cama esperando que el sueño no tardara en llegar. Intermitencias en rojo y verde se colaban en la habitación, luces de algún bar insomne, como yo. En el suelo reposaba mi bombero pirómano que no dejaba de invitarme al onanismo. Me revolví entre las sábanas buscando el placer de las caricias. Cerré los ojos en las últimas contracciones y alcancé de nuevo la recompensa de la felicidad, breve pero intensa. Las manchas de humedad del techo me devolvieron a la realidad y mi figura, convertida en sombra proyectada a intervalos sobre la pared , me recordó que la soledad es mi única compañía.

Me vestí con ropa ligera y un abrigo, regalo de un exnovio. El pelo alborotado , los labios en carmesí y un cigarro a medio consumir. Sabía que la imagen de mujerzuela atraería alguno de los parroquianos del bar.

No había probado aún el gin tonic cuando un hombre trajeado se acercó. No hacen falta demasiadas palabras para convencer al convencido y las suyas, aunque carentes de gracia e ingenio, fueron suficientes para invitarle a terminar la noche en mi piso. Ni siquiera era guapo.

Mientras subíamos por la escalera y ajena a las palabras de aquel hombre, pensaba si lo que buscaba era alguien con quien compartir mi desbocada libido o tan sólo otra sombra en la pared.

Fue rápido, demasiado. Se desplomó a mi lado resoplando y encendió un cigarro con cara de felicidad. Dejó cien euros sobre la mesilla y se asomó a la ventana. El frío y la humillación me dejaron paralizada en la cama. Un guiño y un beso lanzado al aire fue su despedida .

Noviembre permanecía en el suelo y diciembre auguraba que la soledad no era mala compañía.