miércoles, 30 de marzo de 2016

NO PRESIONES ESE BOTÓN (título obligado para un torneo de escritores)



Mi vida transcurría entre la rutina de varios verbos de la primera conjugación: lavar, planchar, fregar, cocinar; algunos de la segunda: barrer, cocer, tender; y un par de la tercera: freír, sonreír, aunque este último no formaba parte de las tareas domésticas, si acaso era el que, en ocasiones, me servía para obviarlas.  Además, la preocupación permanente de ejercer de madre de un niño que no es hijo mío: soy la segunda esposa de mi marido y el chaval vino en el lote, como suelen decir ellos. Me levantaba cada día a la misma hora para vestir, lavar y peinar a un mocoso que me tenía cierta ojeriza. Siempre me comparaba con su madre, la carnal, la auténtica, y no dejaba  que la postiza, la madrastra, pudiera arrancarle un pellizco de su cariño. Mi marido le quitaba importancia y me decía que le diera tiempo, que en algún momento, Manuel, que así se llama el crío, se daría cuenta del amor que le estaba dando y acabaría devolviéndomelo con creces. No estaba muy segura de que llegara ese día, es más, a veces, y a pesar de mi frialdad aparente, le hubiera dado un cachete, que dicen que una bofetada a tiempo es una victoria. A mí siempre me pareció una frase estúpida, pero en aquellos momentos estaba reconsiderando mi parecer.


En diversas ocasiones le había comentado a mi marido que necesitaba un cambio en mi vida.  El bucle monótono en que estaba inmersa: desayuno-colegio-limpieza-ropa-colegio-comida- colegio- merienda-deberes-cena-tele-cama, era aterrador, y más si no había una ilusión, una meta, que de vez en cuando alterara esa espiral.
Un día mi marido llegó a casa entusiasmado con una “gran idea”: tenía  que buscarme  un pasatiempo fuera de casa, un hobby que me alejara de mi rutina. Me sugirió diversas opciones, como acudir al gimnasio, ir a clases de pintura,  de cocina,  de escritura. - ¿Y quién hará las tareas de la casa? ¿Quién llevará y recogerá a Manuel del colegio y le ayudará en los deberes? ¿Quién…?- no me dejó acabar mi pregunta. - De eso me encargo yo -  afirmó con rotundidad.
Creí que por fin se había dado cuenta de que mis obligaciones son también las suyas, y que su puesto de alto cargo no debería eximirle de colaborar en casa y cuidar de su hijo.
Dos días después de nuestra conversación se presentó en casa con una señorita que decía llamarse Antonia 2T1C1C1. Miré a mi marido frunciendo una ceja, encogiendo los hombros y con la boca abierta, intentando deshacerme de una palabra que se quedó a medio salir.
- Si cariño, esta es Toñi, así  he decidido llamarla. Un androide de última generación que se ocupará de liberarte de tu pesada carga doméstica -  explicó convencido.
 -¿Un androide?- pregunté sorprendida- ¡Pero sí parece humana! ¡Menudo tipazo tiene el robot!.
Toñi saludó con un tímido y programado ¡hola! mientras agitaba mecánicamente la mano derecha.
Le ofrecí asiento en el sofá y le pregunté si quería tomar algo.  ¡Qué estúpida! pensé, ¿qué va a tomar una cafetera con patas enfundada en un traje de neopreno rosa?
-Sirve un poco de café y no te extrañes, come y bebe igual que nosotros- dijo mi marido adivinándome el pensamiento. -Me explicaron en la tienda que tiene un mecanismo que le permite ingerir y  evacuar cualquier sólido o líquido que tome.
-Pero, ¿para qué va a comer, si  lo único que necesita es aceite para no chirriar? –reproché mirando al robot
-No sé qué te pasa, parece que te moleste. Cariño, verás cómo se adaptará a nosotros y te facilitará la vida. Será una gran amiga tuya, tiempo al tiempo.
-Está bien, que coma lo que le dé la gana. Mañana compro gamba roja y bogavante.
Leímos detalladamente las instrucciones, un librito que nos entretuvo toda la tarde. El robot podía tener hasta personalidad propia. Había cientos de maneras de programar su carácter, que además iba moldeando según los interlocutores, asimilando sus gustos y preferencias y almacenándolos en una memoria de no sé cuantos terabytes. Empatizaba con los dueños, se adaptaba a sus necesidades y a su forma de ser. Es decir, forjaba su carácter a imagen y semejanza del propietario. Una chacha con miles de cables ocultos bajo la silicona que le daba apariencia humana, con más capacidad e inteligencia en su microcontrolador que las atrofiadas neuronas de mi marido. Únicamente dos botones en la nuca la separaban de ser una mujer Bond con cofia y ganas de agradar: un botón verde para activarla o desactivarla y un botón rojo únicamente para casos de emergencia. ¡Qué original el diseñador!- pensé. El botón rojo -aclaró mi marido-  sólo hay que presionarlo en el caso de que Toñi se comporte de un modo inusual, entonces, podría resultar incluso peligrosa. El botón serviría para reinicializarla.
-¿Un cruce de cables?- le pregunté ingenua.
No respondió y continúo con su explicación.
-Si lo presionamos por error perderemos toda la información que hubiera almacenado hasta el momento y todo su aprendizaje se iría al carajo. Por suerte, Manuel todavía no tiene altura para alcanzar a los botones. De todas formas, mejor no comentarle nada.
Ya era de noche cuando habíamos acabado de programar sus tareas. Habíamos variado algo la programación con la que venía de fábrica. Cambiamos ligeramente los parámetros que marcarían su carácter inicial, el acento con que nos gustaría que hablara (mi marido quería acento gallego  pero me dejó que escogiera y le puse acento andaluz), sus horarios…También activamos el GPS interno, señalando los lugares habituales a los que acudiría: el colegio, frutería, farmacia, carnicería...
Acompañamos a Toñi hasta su cuarto, el de invitados, entre la habitación de Manuel y la nuestra. Le dijimos que su pusiera cómoda y que descansara. Sólo me faltó plantarle un besito de buenas noches y traerle un vaso con leche caliente. ¡Qué rabia me estaba dando la lata oxidada con cara de Mónica Bellucci!
A la mañana siguiente me quedé en la cama mientras Toñi se encargaba del niño, que parecía tener más afinidad con ella que conmigo.  Me entristeció pensar que en su primer día con nosotros un amasijo de cables recibiera más cariño de Manuel que yo durante tres años interminables.
No me había apuntado a ninguno de los cursos que me sugirió mi marido, ni al gimnasio. Por fin no tenía nada que hacer. Hacía tiempo que necesitaba aburrirme.
Toñi regresó de llevar a Manuel a la escuela y me saludó con una sonrisa. Me preparó un saludable desayuno y se dispuso a comenzar el bucle que yo había abandonado. La dejé entretenida con la fregona y salí a tomar un poco el aire. Realmente era efectiva y educada. Quizás tenía razón mi marido y podía ser de gran ayuda. ¿Y por qué no lo había hecho antes? y ¿porqué no habíamos contratado una empleada de hogar de carne y hueso?. Pensé en los avances inimaginables que estaban cambiando el presente y en qué tipo de futuro nos podía deparar. ¿Llegará algún día en que los robots tengan la inteligencia suficiente como para dirigir una empresa? ¿Y un país?.

Aparqué en una esquina mis profundos pensamientos y empecé a pasear por el parque, dejando que los olores y colores me abstrajeran de mis agobios y recreándome en las pequeñas cosas que hacen que la vida sea grande: los rayos de sol que se cuelan entre las ramas y las hojas de los árboles dotando al lugar de un aire romántico,  los pequeños charcos que reflejan esos rayos embarrados, las fuentes que salpican involuntariamente a las mamás que pasean a sus bebés y charlan animadamente entre ellas, los ancianos paseando su decrepitud y charlando cansinamente entre ellos,  los perros haciendo sus necesidades a sus anchas, mientras los dueños escuchan música o leen el periódico y olvidan recoger las huellas de sus mascotas. -¡Mierda!, pisé un gran olvido de uno de esos malditos chuchos.

Intenté liberarme del excremento frotando mi zapato contra la reja que impedía acceder a un enorme jardín. Después arrastré el pie sobre la tierra del parque y lo levanté girándolo para comprobar si quedaba algún resto. Todo despejado. 
¿Despejado? En absoluto. Mi marido estaba al otro lado de la fuente. Paseaba cogido de la mano de una mujer. ¿Una mujer? Era el maldito androide, Toñi, la que ahora estaba besando a mi marido. Regresé a casa hecha una furia. Esperé a que regresaran los tortolitos para preguntarles qué estaba sucediendo, aunque estaba muy claro. 
¿Desde cuando tenía realmente mi marido a Toñi? ¿Por qué parecía tan cariñosa con él si apenas llevaba un día con nosotros? ¿La había programado en modo ñoño romántico o en modo erótico activo? ¿Había esperado hasta mi desesperación para, con la excusa de liberarme de mis tareas -que no entiendo porqué dice que son mías, pero eso es otra cuestión- traer a esa zorra-robot a casa? ¿Habían mantenido ya relaciones metálicas o carnales?.
Las preguntas sin respuesta se me clavan en el pecho. Ardo de furia, rabia e impaciencia. Tengo ganas de verles entrar por la puerta y fundir al putón de hierro colado, arrancar su sistema sensorial y emocional y hacer un nudo con los cables que extraiga de su vagina.

No llamaron, entraron haciéndose los encontradizos y saludándome efusivamente,  magnificando el precioso día que lucía al otro lado de la ventana.

Me incorporé con la intención de darle la bofetada que no le había dado a su hijo y estirar de la peluca a la chica Bond. Cuando estaba de pie cambié de opción y me dirigí hacia Toñi cogiéndola del cuello.

-¡Se acabó! Os he visto en el parque, agarraditos, dándoos besos.

-Tranquila, cariño. Todo tiene una explicación. Suelta a Toñi.

-¡Ni hablar! Ahora mismo voy a pulsar el botón rojo y se acabó todo.

-Por favor, deja que te explique. ¡No presiones ese botón!

-¿Qué explicación me vas a dar? ¡Os he visto! ¿Me oyes? ¡Os he visto!

-Cariño, estaba intentando interactuar con Toñi, ya viste que tiene que aprender nuestros usos y costumbres.

-¿Me tomas por imbécil?.

Toñi permanecía rígida, no sé si por la escenita que estábamos montando, por el susto de verse sujetada por el cuello o porque realmente no tenía elasticidad.

Tenía el dedo sobre el botón rojo cuando mi marido se acercó hasta mí y me puso la mano sobre el hombro.

-Cariño, lo hago por ti. Empiezas a tener una edad y Toñi sabrá suplirte perfectamente en todo.

-Sí, sobre todo en la cama.

-También, en la cama también.

Ahora noto como su mano se ha desplazado hasta mi nuca y siento la presión de su dedo. Una enorme debilidad se apodera de mí, la vista se me nubla y mis piernas empiezan a flaquear. Miro con cara de terror a mi marido y comprendo mi gran mentira. Un pitido interminable anuncia mi muerte virtual.