miércoles, 8 de marzo de 2017

Jägermeister



Relato presentado para el TORNEO de ESCRITORES 2017.  Título obligatorio, máximo 1000 palabras.

Llegué a las doce,cuando mis amigos ya iban por la tercera ronda. Pedí una cerveza y me senté junto a ellos. El plan era el mismo de cada fin de semana: alcanzar el equilibrio entre la alegría controlada y la borrachera desfasada. Era difícil, siempre había algún chupito que inclinaba la balanza hacia el descontrol. Las cervezas solían ser una medida de tiempo equivalente a treinta minutos. Tras dos horas de debate sobre el anarquismo de Durruti, la literatura de Burroughs o el cine de David Lynch, nuestra conversación se desviaba hacia las piernas de la morena que se sentaba a nuestro lado, el culo de la rubia de la barra o los labios de la camarera. El alcohol nos hacía emerger de nuestras supuestas profundidades y respirar la realidad inalcanzable que nos rodeaba.

Éramos jóvenes estudiantes de un barrio de la periferia. Nuestros padres habían luchado por proporcionarnos un futuro mejor que su presente y su pasado. De momento, nos dedicábamos a gastarnos sus esfuerzos en alcohol y marihuana. Juan era un heavy de greñas, chupa y parches. Alto y desgarbado, con un cigarro perenne colgando de sus labios. Sergio era menudo, con ojos grandes pero sin brillo, ocultos tras unas gafitas redondas al estilo John Lennon y vestido siempre de forma impecable, cerca de parecer un pijo extraviado en un barrio que no le correspondía. Yo me hallaba intentando encontrar un lugar a medio camino entre la estética punk y la rocker. Lucía un cuidado tupé y espesas patillas, cazadora de cuero y una camiseta de Los Ramones.Todo era fachada, en realidad, éramos tres simples universitarios buscando alcanzar un sueño de bronce porque los sueños dorados parecían estar asignados a los hijos de otros barrios.

Nos acodamos en la barra para empezar nuestra ronda de chupitos. Juan iba a solicitar tres orujos cuando vislumbró una botella verde, iluminada como si fuera la estrella de los licores expuestos. Parecía una virgen en su altar, con un halo luminoso y dispuesta a obrar cualquier milagro. Preguntamos a Luisa, la camarera, y nos explicó la mítica historia de la bebida y sus imprevisibles efectos. Yo la miraba sin escuchar. Observaba sus labios carnosos abrirse y cerrarse e imaginaba tenerlos junto a los míos, rozándonos, susurrándonos, besándonos. Esdrújulas de primera persona del plural que me excitaban y me transportaban a mundos alejados de aquella cochambrosa barra de bar.

­­­— ¡Jägermeister!

Cuando Luisa pronunció el nombre de la bebida, la imaginé con una gorra militar con el águila nazi, guantes negros hasta casi los hombros y  el torso desnudo, únicamente unos tirantes cubriendo sus senos. Supongo que mis fantasías eróticas con Charlotte Rampling en  Portero de noche  ayudaron a construir esa imagen.

Sus argumentos parecieron convencer a mis compañeros que solicitaron tres chupitos de la pócima milagrosa. Luisa extrajo una botella del congelador y llenó nuestros vasos del brebaje oscuro. Me gustó su sabor amargo, a hierbas recogidas en algún bosque nevado de nombre impronunciable, con niebla y algún cadáver judío. Repetimos unas cuantas veces hasta que me sentí empequeñecer. No era el sentimiento de inferioridad que en ocasiones me paralizaba, era una mengua física. Mi cuerpo se había reducido a la mitad.  Mis ojos quedaron a la altura del ombligo de la rubia que apuraba el último sorbo de un gin-tonic. Juan y Sergio también se habían convertido en una especie de pigmeos descoloridos.

Cruzamos nuestras miradas incrédulas y achacamos nuestra transformación al maldito orujo alemán. Nos había cambiado la perspectiva de la realidad. A veces, me preguntaba qué era la realidad. Quizás el paisaje de bloques sin horizonte del  barrio, pero también los esporádicos atardeceres contemplados desde lo alto del Carmelo junto alguna chica ocasional con la que planeábamos el futuro bañados por los suaves rojos de un sol irreal. La irrealidad tenía la magia que le faltaba a mi realidad, con un posesivo, porque de lo que sí estaba convencido era  que cada uno tenía una diferente.

Lejos de asustarme, propuse a mis amigos disfrutar de nuestra condición de enanos ebrios.
-¿Qué cojones estás diciendo? ¿De qué quieres disfrutar si apenas levantamos dos palmos del suelo?

Juan estaba muy alterado, aunque conservaba algo del sentido común que el alcohol nos había birlado. Obvió mi propuesta y decidió buscar un taxi que nos llevara a urgencias de algún hospital.

Sergio apoyó la decisión de Juan. Su corta estatura, reducida a la mitad tras la ingesta del Jägermeister, le hacía parecer la mascota de la rubia que nos miraba con cara de asombro.

Fuimos a la esquina de la calle Balmes con Plaza Molina intentando encontrar un taxi libre. Sergio se subió a los hombros de Juan que, a su vez, se hallaba subido a los míos en una especie de pilar casteller sin pinya ni equilibrio.

El taxista no pudo borrar media sonrisa de su  estúpida cara mientras intentábamos alcanzar los asientos traseros del coche. Sergio cayó de espaldas en el asfalto tras un intento fallido de salto fosbury. El taxista mostró sus dientes podridos en una carcajada silenciosa. Finalmente, opté por empujarle del culo para evitar otro ridículo olímpico.

—Déjenme adivinar, ¿a  Liliput?

—Su puta madre— masculló Juan entre dientes.

— ¡Eh! sin insultar, Gruñón.  ¿Quieres que avise a Blancanieves para que te venga a recoger?

Tapé la boca de Juan y me disculpé con el taxista, rogándole que nos llevara al hospital Valle de Hebrón.

En la sala de urgencias, entre toses y vómitos, entre las camillas de pacientes abandonados a su suerte, entre la desesperación y el miedo, empezamos a recuperar nuestro tamaño real. Real en su sentido dimensional, pero no en el filosófico o metafísico: seguíamos siendo unos enanos en un mundo de mierda.

Juan concluyó que los efectos del Jägermeister son pasajeros, es la realidad, la nuestra, la que se empeña en impedirnos crecer, la que nos ha asignado un papel secundario en una película con final previsible y poco esperanzador.


Yo seguía fijándome en el culo de la enfermera que auscultaba a Sergio.