martes, 25 de abril de 2017

YIN YANG





El arte. Lienzos con pinceladas furiosas de colores vivos. La rabia o la alegría, no sabría describir que sensaciones desprenden cada una de esas pinturas desparramadas en el suelo.  Como los poemas, casi un centenar de folios con poesías indescifrables realizadas en las noches que el sueño no aparece y las musas se acumulan en la puerta entornada de su estudio: una estancia amplia y con buena iluminación que se ha convertido en el refugio de un artista infatigable. Durante el día, la guitarra: escalas pentatónicas, de blues, dóricas, frigias. Sus dedos recorren el mástil con fluidez, intentando alcanzar la velocidad que marca el metrónomo. Aspira a construir una gran obra visual y auditiva.  Enormes lienzos sin bastidor, desvirgados con furia y acompañados de textos poéticos y música de guitarras superpuestas con un fondo rítmico pregrabado. Está convencido de que ganará el concurso al artista del año. Hemos invertido varios meses de su pensión y mi sueldo en dar forma a las ideas que, no sé si de forma ordenada, danzan en su cerebro.


La cama. Lugar donde deberíamos descansar tras el ajetreo diario, o amarnos, o soñar. Echo de menos el soñar despierta, relajada, en posición supina, contemplando las sombras enredadas del techo y buscando en el cerebro los deseos que hace un tiempo no me parecían inverosímiles. Me he acostumbrado a conciliar el sueño sola, sin ronquidos, sin olor a su tabaco, ni alientos de alcohol, sin arrugas en las sábanas y arrugas en la frente de enfadarme conmigo misma, con el destino y con las pastillas de litio que descansan en su mesilla de noche y que, deliberadamente, olvida tomar. Cuando consigo dormir, me despierto sobresaltada por una llamada de Antonio.  Debo ver su último dibujo,  o leer su última poesía, o escuchar los arreglos de una melodía que conozco de memoria. No importa la hora, pueden ser las cuatro de la mañana cuando el arrebato de exhibir su ingenio necesite de mi aprobación.

El mar. La calma. El paisaje recurrente que alivia mis insoportables angustias.  Las olas mecen mis temores como una nana mágica y hacen que el sosiego venza a la inseguridad.  Azules que no aparecen en sus pinturas, gobernadas por poderosos rojos, extrovertidos, pasionales. Reflexiono sobre el límite del amor mientras contemplo el horizonte que pone fin a un mar infinito, a veces calmado y dulce, otras bravo y furioso.  No sé si alcanzaré esa línea aparente que divide el cielo del mar. Navego en un velero que iza y arria las velas aprovechando las rachas de viento. La orilla queda tan lejos como el horizonte. Me siento extraviada en un océano de sensaciones, sin principio ni final. Es el viaje lo que me atemoriza, cansada de una tranquilidad silenciosa y amenazadora y su consiguiente tempestad, o viceversa.

El otro día conseguí convencerle para que me acompañara. Era un día soleado, claro, parecía que los contornos del paisaje estuvieran repasados con rotulador. La temperatura sobrepasaba los veinte grados y el mar estaba precioso. Era temprano y no había nadie.  Nos sentamos junto a unas rocas y nos quedamos durante un buen rato contemplando el vaivén de las olas, escuchando la algarabía de las gaviotas, permitiendo que la brisa nos despeinase. Muchas veces pienso en lo poco que necesito para hallar un momento de bienestar. Hace un tiempo, mis aspiraciones eran diferentes y la felicidad se hallaba extraviada en metas inalcanzables. El arduo recorrido carecía de importancia si el objetivo valía la pena. Ahora las cosas han cambiado. El camino ha cobrado sentido a pesar del temor y el vértigo que me producen las subidas y bajadas.Busco la extraña sensación de felicidad mientras me agarro con fuerza al vagón de la montaña rusa gratuita que galopa eternamente por una vía que acaba donde empieza, un bucle infinito.

—¿Te importa que encienda un cigarro?

No recibí respuesta. Sabía que no le importaba. No hacía ni dos semanas que se propuso dejar de fumar y no me había reprochado ni una sola vez que yo lo hiciera en su presencia. Quería  acabar con su mutismo, aunque sabía lo difícil que es romper la barrera invisible que le aísla del mundo exterior.  Se hallaba al final de la pendiente que había iniciado un par de días atrás. No sé cuantos días permanecerá en el abismo de la quietud, del silencio. Continuó con la mirada vacía apuntando hacia ningún lugar y yo encendí el cigarro intentando llenar mi cuerpo de algo más que un llanto reprimido.
El horizonte se difuminó con unas nubes que, sin prisa, se fueron esparciendo hasta cubrir el cielo por completo.  El azul se transformó en gris, como la ceniza que caía descuidada de mi cigarro.
Antonio parecía ajeno al cambio de luz, a las estridentes gaviotas y a la brisa convertida en molesta tramontana. Su mundo había oscurecido antes  de que aparecieran las nubes.

La cama. Desde que regresamos de la escapada a la playa apenas ha vuelto a levantarse. Una semana en la que únicamente algunas de sus necesidades fisiológicas le han obligado a abandonar momentáneamente su posición horizontal.  No permite que abra la persiana.  Su mundo, tanto el exterior como el interior, permanece en penumbra. Hace tan sólo una semana que yo tenía que conciliar el sueño sola debido a su frenética actividad.  Al día le faltaban horas para que Antonio pudiera completar sus diferentes tareas. Ahora le sobran todos esos minutos que antes necesitaba. Le sobran los días. Le sobra la vida.

El arte. Olor a esencia de trementina o aceite de linaza. A óleo. A lienzo sin estrenar.  A abandono.  Abro las ventanas del estudio  dejando escapar la esencia de un artista frustrado.  Enciendo el reproductor en el que está grabada la última melodía que compuso.  Revolotean los folios con sus poemas al compás de una guitarra melancólica. Acomodo los brazos en el alféizar y contemplo con indiferencia la vida que transcurre ajena a mi desdicha. Añoro el ajetreo de los días en los que Antonio se hallaba en la cúspide del mundo.  Su inacabada obra se perderá entre los recuerdos de días angustiosos y posos de alcohol. Las lágrimas ahogadas durante años, derramadas  en rincones de soledad, silenciosas y reparadoras, regresan a mis ojos que extravían la mirada en un horizonte de tediosos edificios.

El mar. La vida continúa moviéndose como el inquieto océano. Me cuesta encontrar la paz que me producía su cadencioso rumor.  No encuentro los azules, a pesar de que el sol se halla cerca de su cenit y el cielo se refleja con dulzura en estas aguas calmadas. Los niños corretean intentando evitar el calor de la arena. Las sombrillas han poblado la orilla. La gente grita su mala educación o su felicidad mientras yo permanezco absorta en las rocas a las que jamás tuve que venir con Antonio.  Aunque resulte extraño, echo de menos las pronunciadas pendientes por las que me he deslizado de la mano de él.  La línea recta que vislumbro conduce únicamente a un abismo sin escalera. Siempre lo amé. El viaje ha perdido el sentido. El mar sigue susurrando secretos a quien sabe escuchar. Únicamente deseo abrazarme a él y volver a girar en la infinita espiral que se deshizo de forma abrupta en estas rocas.